exclav
05-20-2005, 2:54 AM
espero que os guste
UN DIA EN LA VIDA DE UN SILLON
Brevemente os voy a relatar la vida que llevo como esclavo de
mi mujer; soy su sillón, su silla, si sofá, su asiento, vamos, mi
cara y su trasero están hechos en contramolde, encajan perfectamente.
He de decir que mi mujer, Sara, es toda una señora que pronto
vio el potencial que mi cara tenía, y desde muy pronto comenzó a
aprovecharlo; me he convertido en un adicto a su trasero, no puedo
pasar un día sin disfrutar de sus suaves nalgas, su peso, su
aroma.... Además de esto es ella la que trabaja y yo me quedo en casa
haciendo las tareas del hogar, siempre dispuesto a servirla. Es
morena de larga cabellera, cuerpo voluptuoso, sin tener sobrepeso,
pero con unas curvas de locura.
Un día normal se desarrolla de la siguiente manera:
Dormimos separados, ella cómodamente instalada en la cama de
matrimonio y yo en el suelo, a su lado, como debe ser; por las
mañanas ya tengo mi despertador interno que me dice cuando he de
despertar, por lo que preparo la ducha; ella se levanta, me dalos
buenos días con desdén y la acompaño al baño. Ella duerme desnuda por
lo que al ir detrás de ella puedo contemplar sus generosas nalgas;
nos metemos en la bañera, yo me arrodillo, con mi trasero pegado a
mis talones, apoyando las manos en el suelo, y levanto la cara,
ofreciéndola sumisamente.
Ella enfoca el agua hacia mi cuerpo, helada, hasta que toma
la temperatura que estima oportuna y entonces se da la vuelta,
mostrando sus nalgas y toma asiento en mi cara. Me gusta sentir todo
el peso sobre mí, ella lo sabe, así que apoya sus pies sobre mis
muslos y mi cuello se tensa en esa forzada posición. El agua resbala
por mi cara, por mi pecho, pero todo mi ser se concentra en su culo;
mi nariz está aplastada contra su entrada anal, mis labios sellados
a sus labios vaginales y mi lengua dentro de aquel tesoro que tan
feliz me hace, pero por la mañana tengo prohibido lamer.
Salimos de la bañera y ella se va a vestir mientras yo
preparo su desayuno; cuando aparece en el salón, espectacular como
siempre, ya lo tengo todo listo; me siento bajo la mesa, en el suelo,
coloco mi cabeza en si silla y ella se sienta tranquilamente a
desayunar. Hoy se ha puesto unos pantalones vaqueros, demasiado duros
para poder disfrutarlos, pero la sola visión de su trasero, su
espalda arqueada sobre la mesa y sobre todo su indiferencia me hacen
el hombre más feliz del mundo.
Se va a trabajar, muy a mi pesar; desearía pasar toda la vida
debajo de su culo, para siempre, pero no puede ser. Me dedico a las
tareas domésticas, lavando, fregando, limpiando; pongo especial
esmero en su ropa, que ha de estar perfecta y al mediodía preparo la
comida. Ella llega sobre las dos, lo tengo todo preparado; hoy le
gusta mucho lo que le he preparado, así que como premio se quita los
pantalones para comer.
Esta vez me siento en el suelo, pero detrás del a silla,
pasando mi cabeza por debajo del respaldo; ella sienta, hoy mira
hacia abajo y me sonríe, esta contenta, pienso yo que satisfecha por
mi labor. Veo bajar aquellas braguitas blancas de algodón, enmarcando
su sexo, con las nalgas hacia los lados; me delito con ese breve
instante, ese movimiento de aproximación. El contacto es suave,
fantástico, su culo se acomoda en mi cara perfectamente, mi boca
queda pegada a las braguitas, a la altura de su sexo, mi nariz
atrapada entre sus muslos; sus nalgas rebosan por mis mejillas, y
aspiro el dulce aroma de su ser. Esa posición es perfecta para mí, me
encanta y la disfruto. Ella no tiene prisa, sabe que yo estoy en la
gloria y no se levanta en casi una hora. Todo es perfecto hasta la
hora en que tiene que irse, se viste y se va sin despedirse.
Por la tarde mas labores, más limpieza, esperando su regreso;
esta vez tarda, seguramente se ha quedado a cenar con algún amigo.
Esa espera en insufrible, la cena se ha quedado fría, he de tirarla.
Rayando la medianoche aparece, cansada; no me atrevo a preguntarle
nada, pero por la expresión de sus ojos ha debido tener una excitante
velada; nada puedo decir, le pertenezco y ella hace lo que le da la
gana.
Está de buen humor, me hace desvestirla y me doy cuenta que
ha debido olvidarse sus braguitas en algún lugar; me hace tenderme en
su cama, boca arriba, se sube, se pone de pie sobre mi cabeza, me
mira y me dice que la limpie bien. Y de nuevo ese movimiento mágico
de descenso, de ver acercarse su entrepierna, de esperarla ansioso;
un olor distinto al suyo de mujer me invade, se lo que ha pasado. Su
sexo se aplasta contra mis labios, mi lengua comienza su trabajo
mientras ella se restriega, asiéndome del cabello, cabalgándome con
un ritmo enloquecido; la ausencia total de vello me facilita el
trabajo, el sabor va cambiando poco a poco, a medida que se acerca su
placer y sus muslos se aprietan contra mis mejillas hasta cortarme la
respiración.
Se derrumba sobre el colchón, sin bajarse de mi cara, y tras
unos segundos se retira hasta quedare sentada en mi pecho; me mira,
sonriendo, con su sexo empapado, húmedo, mojando mis pezones. Hoy es
jueves, el día de mi ordeño; se da la vuelta y se asienta firmemente
en mi cara, haciendo que levante mis caderas, que sujeto con las
manos. Coge mi pene con la mano derecha y comienza a bombearlo, a la
vez que comienza a dar furiosos botes sobre mi cara, aplastándola
contra las sábanas, aplastando mi nariz, mis párpados, mis mejillas,
amoratando mis labios. Yo no tardo nada en eyacular, me es imposible
aguantarme, así que descargo con furia; ella se acerca y hace que
derrame todo el semen sobre su pecho, hasta la última gota,
exprimiendo mi pene.
Ella se desliza hacia atrás, hasta dejar su pringado pecho a
la altura de mi lengua; lamo y relamo hasta dejarlo limpio, suave y
terso de nuevo; esta noche me lo he ganado, ella me deja dormir en su
cama. Con los pies colgando de la cabecera y con la almohada sobre mi
cadera, ella se tiende sobre mi cuerpo; mi cabeza es atrapada entre
sus muslos, mi boca acorralada frente a su sexo. No debo moverme, no
debo molestarla, solo disfrutar de esa noche, de agradecer
infinitamente a mi mujer que me permita ser su SILLON.
exclav
UN DIA EN LA VIDA DE UN SILLON
Brevemente os voy a relatar la vida que llevo como esclavo de
mi mujer; soy su sillón, su silla, si sofá, su asiento, vamos, mi
cara y su trasero están hechos en contramolde, encajan perfectamente.
He de decir que mi mujer, Sara, es toda una señora que pronto
vio el potencial que mi cara tenía, y desde muy pronto comenzó a
aprovecharlo; me he convertido en un adicto a su trasero, no puedo
pasar un día sin disfrutar de sus suaves nalgas, su peso, su
aroma.... Además de esto es ella la que trabaja y yo me quedo en casa
haciendo las tareas del hogar, siempre dispuesto a servirla. Es
morena de larga cabellera, cuerpo voluptuoso, sin tener sobrepeso,
pero con unas curvas de locura.
Un día normal se desarrolla de la siguiente manera:
Dormimos separados, ella cómodamente instalada en la cama de
matrimonio y yo en el suelo, a su lado, como debe ser; por las
mañanas ya tengo mi despertador interno que me dice cuando he de
despertar, por lo que preparo la ducha; ella se levanta, me dalos
buenos días con desdén y la acompaño al baño. Ella duerme desnuda por
lo que al ir detrás de ella puedo contemplar sus generosas nalgas;
nos metemos en la bañera, yo me arrodillo, con mi trasero pegado a
mis talones, apoyando las manos en el suelo, y levanto la cara,
ofreciéndola sumisamente.
Ella enfoca el agua hacia mi cuerpo, helada, hasta que toma
la temperatura que estima oportuna y entonces se da la vuelta,
mostrando sus nalgas y toma asiento en mi cara. Me gusta sentir todo
el peso sobre mí, ella lo sabe, así que apoya sus pies sobre mis
muslos y mi cuello se tensa en esa forzada posición. El agua resbala
por mi cara, por mi pecho, pero todo mi ser se concentra en su culo;
mi nariz está aplastada contra su entrada anal, mis labios sellados
a sus labios vaginales y mi lengua dentro de aquel tesoro que tan
feliz me hace, pero por la mañana tengo prohibido lamer.
Salimos de la bañera y ella se va a vestir mientras yo
preparo su desayuno; cuando aparece en el salón, espectacular como
siempre, ya lo tengo todo listo; me siento bajo la mesa, en el suelo,
coloco mi cabeza en si silla y ella se sienta tranquilamente a
desayunar. Hoy se ha puesto unos pantalones vaqueros, demasiado duros
para poder disfrutarlos, pero la sola visión de su trasero, su
espalda arqueada sobre la mesa y sobre todo su indiferencia me hacen
el hombre más feliz del mundo.
Se va a trabajar, muy a mi pesar; desearía pasar toda la vida
debajo de su culo, para siempre, pero no puede ser. Me dedico a las
tareas domésticas, lavando, fregando, limpiando; pongo especial
esmero en su ropa, que ha de estar perfecta y al mediodía preparo la
comida. Ella llega sobre las dos, lo tengo todo preparado; hoy le
gusta mucho lo que le he preparado, así que como premio se quita los
pantalones para comer.
Esta vez me siento en el suelo, pero detrás del a silla,
pasando mi cabeza por debajo del respaldo; ella sienta, hoy mira
hacia abajo y me sonríe, esta contenta, pienso yo que satisfecha por
mi labor. Veo bajar aquellas braguitas blancas de algodón, enmarcando
su sexo, con las nalgas hacia los lados; me delito con ese breve
instante, ese movimiento de aproximación. El contacto es suave,
fantástico, su culo se acomoda en mi cara perfectamente, mi boca
queda pegada a las braguitas, a la altura de su sexo, mi nariz
atrapada entre sus muslos; sus nalgas rebosan por mis mejillas, y
aspiro el dulce aroma de su ser. Esa posición es perfecta para mí, me
encanta y la disfruto. Ella no tiene prisa, sabe que yo estoy en la
gloria y no se levanta en casi una hora. Todo es perfecto hasta la
hora en que tiene que irse, se viste y se va sin despedirse.
Por la tarde mas labores, más limpieza, esperando su regreso;
esta vez tarda, seguramente se ha quedado a cenar con algún amigo.
Esa espera en insufrible, la cena se ha quedado fría, he de tirarla.
Rayando la medianoche aparece, cansada; no me atrevo a preguntarle
nada, pero por la expresión de sus ojos ha debido tener una excitante
velada; nada puedo decir, le pertenezco y ella hace lo que le da la
gana.
Está de buen humor, me hace desvestirla y me doy cuenta que
ha debido olvidarse sus braguitas en algún lugar; me hace tenderme en
su cama, boca arriba, se sube, se pone de pie sobre mi cabeza, me
mira y me dice que la limpie bien. Y de nuevo ese movimiento mágico
de descenso, de ver acercarse su entrepierna, de esperarla ansioso;
un olor distinto al suyo de mujer me invade, se lo que ha pasado. Su
sexo se aplasta contra mis labios, mi lengua comienza su trabajo
mientras ella se restriega, asiéndome del cabello, cabalgándome con
un ritmo enloquecido; la ausencia total de vello me facilita el
trabajo, el sabor va cambiando poco a poco, a medida que se acerca su
placer y sus muslos se aprietan contra mis mejillas hasta cortarme la
respiración.
Se derrumba sobre el colchón, sin bajarse de mi cara, y tras
unos segundos se retira hasta quedare sentada en mi pecho; me mira,
sonriendo, con su sexo empapado, húmedo, mojando mis pezones. Hoy es
jueves, el día de mi ordeño; se da la vuelta y se asienta firmemente
en mi cara, haciendo que levante mis caderas, que sujeto con las
manos. Coge mi pene con la mano derecha y comienza a bombearlo, a la
vez que comienza a dar furiosos botes sobre mi cara, aplastándola
contra las sábanas, aplastando mi nariz, mis párpados, mis mejillas,
amoratando mis labios. Yo no tardo nada en eyacular, me es imposible
aguantarme, así que descargo con furia; ella se acerca y hace que
derrame todo el semen sobre su pecho, hasta la última gota,
exprimiendo mi pene.
Ella se desliza hacia atrás, hasta dejar su pringado pecho a
la altura de mi lengua; lamo y relamo hasta dejarlo limpio, suave y
terso de nuevo; esta noche me lo he ganado, ella me deja dormir en su
cama. Con los pies colgando de la cabecera y con la almohada sobre mi
cadera, ella se tiende sobre mi cuerpo; mi cabeza es atrapada entre
sus muslos, mi boca acorralada frente a su sexo. No debo moverme, no
debo molestarla, solo disfrutar de esa noche, de agradecer
infinitamente a mi mujer que me permita ser su SILLON.
exclav